Hace unos días por fin me decidí a pintar la habitación. Más que “mi habitación propia” es “mi habitación de descanso”, donde en la noche recibo ciertas visitas y donde hago los borrados necesarios para seguir adelante. Hace unos meses, me compré dos mesitas de noche blancas que han estado en el pasillo de la entrada hasta que, por fin, me decidí a pintar y compré la pintura. Tuve que prepararme mentalmente para el abordaje. Igual que hago con la mayoría de proyectos teatrales que empiezan con una dosis ligera de procrastinación y un día decido ir a por su creación, confección y montaje. En verdad, muchas veces no es procrastinación, sino el tiempo que necesito para sentirme fortalecida y preparada para la travesía. Tanto el pintar como el escribir y el montar teatro precisan de coraje y arrojo.
Lo primero fue retirar muebles y enseres. Me di cuenta enseguida de que la preparación lo es todo. El armario tiene más de sesenta años. Ya no se hacen de esa calidad de madera. De cuando mis padres se casaron. Saqué el enorme colchón al comedor, vacié de todo lo pesado el armario y lo escampé por todos sitios. Mi pequeña casita se convirtió en un desbarajuste. ¿Cuántas cosas caben en un armario? ¿En una habitación? ¿En una obra? Cuando se monta una obra de teatro, cuando se escribe, en mi caso, muchas cosas de mi casa interior se ponen patas arriba. Se disponen en un orden de llegada muchas veces alterado; puede que la escena tres salga antes que la uno, por ejemplo. Elimino al repasar aquel papel en el que, a mano y corriendo, anoté aquella idea, aquella escena corta, completa o incompleta, sugerida, brillante, terrible pero inspiradora, que tanto me iluminó el día y el gozo de crear, o aquella otra idea rara que me ha agitado hasta que he tenido que volcarla. También elimino ideas que parecían aportar algo y que su cometido ha sido llevarme a otras, no sin cierto dolor. Hay que rechazar que quiere decir renunciar. Porque escribir –sobre todo y en mi experiencia– es renuncia más que hallazgo.
Retirar el gran armario de la pared y pintar como si no hubiera un mañana la pared oscura, umbría y no visible de la habitación forma parte irrenunciable del trato. Hay que dejar bien pintados los rincones. Como es un piso viejo y con materiales de época migrante española de los años sesenta, hay un costado que redondea y el otro que cuadriculea, todo eso tiene que quedar bien pintado. Por eso repasar y corregir es tan importante. A veces escribo textos largos, como éste, como otros, que lo que hacen es sostener al resto; los materiales frágiles son las bigas del material que lanzaré como definitivo. Sin el material vulnerable, no hay material de fortaleza. En mi experiencia, lo que no se ve es lo más importante de un proceso artístico, es lo que sostiene lo que se ve. ¿Cuánto dolor hay detrás de una buena comedia? ¿Cuánto escribes que no muestras? Ese caldo de cultivo alumbra todo lo que decidimos mostrar. Los rincones más pequeños también los revisa y los valida Dios.
A la hora de pintar, pongo poca cinta adhesiva. Solo la de los enchufes y la que delimita, en este caso, la pared de la cabecera que será de color ocre. Toda la pintura salpicada la retiro con una bayeta húmeda o con el mocho mojado. Al principio puede parecer un zafarrancho de combate, pero en verdad es mucho más eficaz que ponerle a todo cinta adhesiva: la cinta adhesiva conviene recordar que no evita la salpicadura de la pintura. Del mismo modo, permito que los márgenes de lo que escribo sean borrosos durante un tiempo porque me gusta ver el paisaje deformado y, cual escultora, modelarlo en función del pálpito que me da el presente más puro, el instante de "amour fou" creador.
La magia se va intuyendo a medida que poco a poco voy pintando las dos paredes perpendiculares al armario y el techo. Todavía falta mucho. Sobre todo, porque pintar espacios pequeños requiere mayor paciencia que pintar espacios grandes y vacíos. Algo así como la poesía y la prosa. Así, también me acerco al corazón de la obra, al clímax, al momento en que pase lo que pase en el montaje, el director o directora, sea yo o no, esa escena no puede tocarla, pues la obra se desangraría sin su corazón bombeando sangre al resto de las escenas. Y ahí, sí, ahí hay que poner cinta adhesiva para hacer un gran cuadrado ocre cuya intención es que resalte la pequeña escenografía blanca y color madera. Friego de nuevo para que el suelo quede lo más limpio posible y me dispongo a colorear la pintura. Gozo enormemente cuando paso el rodillo por la pared y empieza a aparecer la tonalidad que hará que las mesitas de noche blancas y el cuadro magnífico de Buda adquieran el relieve que mi habitación necesita. Discreto pero imponente. Esa es la escena crucial. Ese el clímax.
Todavía el zafarrancho permanece, pero está a punto de empezar a reducirse a la mínima exponencia. Lo único que queda hoy, después de una semana, es una pequeña mochila roja al lado del altar principal del comedor que hoy voy a colocar en algún sitio, fuera de las vistas. De todos modos, algo rojo nunca desentona ni en un comedor ni en un escenario.



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