THE LESBIAN SISTERS

THE LESBIAN SISTERS
Fotos de Eugenia Gusmerini

viernes, 7 de septiembre de 2018

A BOCAJARRO



(En un cajero automático.)

RAFAELA.- Vaya mala suerte tengo. ¿Tiene usted una tarjeta para dejarme? Se la devuelvo en un momentito.

AUGUSTA.- ¿Cómo que me la devuelve? Perdone, no la conozco de nada. (Pausa.)¿Qué le ha pasado, a ver?

RAFAELA.- El cajero, que es un obeso, y se me ha comido la tarjeta y los sesenta euros. Pero yo se la devuelvo, eh. Intacta.

AUGUSTA.- No diga tonterías. No se puede poner nada dentro ahora. Está lleno, acaba de comer. Lo que hay que hacer es conseguir que vomite. (Pausa.) Rapidito.

RAFAELA.- ¿Ha visto usted vomitar a un cajero alguna vez? Yo sí, y no es agradable. Apártese, que le voy a meter lo dedos en la ranura.

AUGUSTA.- ¡Lo que faltaba! Que se quede usted atascada también. Mejor una patada en el centro mismo, entre la pantalla y las ranuras, ¿no?

RAFAELA.- Una patada puede causarle indigestión y luego caga. No es lo mismo que el cajero vomite que cague.

AUGUSTA.- No veo la diferencia.

RAFAELA.- ¿Tiene usted cataratas?

AUGUSTA.- Y usted las manos sudadas.

RAFAELA.- Vale, deme la mano.

(AUGUSTA se resiste pero al final cede.)

AUGUSTA.- ¿Qué hace?

RAFAELA.- Vamos a hacerlo juntas y lo que saquemos lo repartimos. Le doy la mitad de lo mío. Treinta euros.

AUGUSTA.- Bueno. Pero conste que no lo hago por el dinero sino porque la veo apurada.

(Las dos meten la mano en el cajero y se quedan atrapadas.)

RAFAELA y AUGUSTA.- ¡¡¡¡¡Aaaaaahhhhhh!!!!!!!

RAFAELA.- Maldita sea... La última vez que me quedé atrapada con alguien en un cajero yo tenía cuarenta y tres años, todavía estaba casada y me teñía el pelo de caoba. Entonces todavía la vida era una pastelería llena de posibilidades tiernas y dulces. Sí, algunas amigas mías decían que el tinte se me subía a la cabeza y que no veía las guerras, los parricidios, los robos, los secuestros, las depresiones de los homínidos, la angustia, la ansiedad y el mal de ojo de la gente, es verdad, es verdad, pero así era yo. Sí, ya entonces los cajeros eran carnívoros, nunca tenían suficiente. Y lo siguen siendo. De tanto en tanto pasa, siempre hay alguien que lo cuenta pero nadie le cree, pues aquí está la prueba. No tienen suficiente con tragarse nuestro dinero que quieren nuestra carne. Quizás adelgazaremos aquí enganchadas. No hay mal que por bien no venga. Y esta calle, tan apartada de todo. Y el cajero en este punto ciego que es tan fácil pasarse de largo. Desde aquí no nos ven en la oficina, ¿lo sabe, no? Por los cristales estos ahumados. Mire. Mejor tire, tire, tire, tampoco pasa nada si nos quedamos mancas, siempre tenemos la otra mano para hacer la comida, para pegar un tortazo, para pagar la cuenta en la cafetería, para darla a otro ser humano en señal de paz, no está tan mal ser manco, mire el Cervantes ese, escribió el Quijote... Tire, tire...

AUGUSTA.- ¡Ya se lo decía yo! (Pausa. Para ella misma.) Ay, Augusta, en qué líos te metes. ¿Y ahora qué? Ahora qué. Sabía yo que no tenía que haberla ayudado. Si es que siempre me pasa lo mismo. Me resisto y al final cedo. ¡Y toma! Me quedo atascada en el problema de la otra. Atascada. Con una loca, seguro, porque usted podría haber entrado en la oficina del banco como habría hecho cualquiera y reclamar la tarjeta y su dinero, pero no, quiso usted arreglarlo sola. ¿A usted le parece normal querer arreglar un problema informático de manera manual? Pues no es normal. Y tampoco es normal que yo haya metido la mano en el maldito cajero automático ni que esté hablando en voz alta y esté usted en las nubes, ¿quiere hacer el favor de escucharme al menos? ¡Aaaaahhhh! No tire, no tire, que duele... ¡Oiga, señor, señor! ¡Usted, sí, usted! ¿Puede ayudarnos? ¡Llámelo usted también! Las dos tenemos más fuerza. ¡Señor, señor! ¡Llame al banco! ¡A los bomberos! O mejor, venga, venga un momento. ¿Quiere gritar conmigo, por favor! Tire, tire... ¡No! ¡Usted no! El señor que seguro tiene más maña. ¡Desatásquenos! ¡Pero, oiga, no se vaya! ¡Por favor, espere! ¿Por qué corre? Claro, está usted completamente despeinada, y con ese pelo grasiento, esas canas y esas bolsas bajo los ojos, lo ha asustado. ¡O Dios, qué vamos a hacer??!

RAFAELA.- Insolidaridad. El mal de nuestro tiempo.

AUGUSTA.- Ayúdeme a sacar el móvil del bolso.

RAFAELA.- ¿Y ahora se le ocurre?

AUGUSTA.- Venga. Haga algo útil.

RAFAELA.-(Abriendo el bolso.) Oiga, lo que lleva en el bolso es peligroso.

AUGUSTA.- ¿Se refiere a los medicamentos, a la navaja o a la arañita de la caja?

RAFAELA.- ¿Arañita? Parece una tarántula.

AUGUSTA.- Le gusta que la llamen por su nombre.

RAFAELA.- ¿Cómo se llama?

AUGUSTA.- Micaela.

RAFAELA.- Micaela, vamos a probar con la navaja, deséanos suerte.

AUGUSTA.- Le cazo las moscas yo misma. 

RAFAELA.- Se la ve bien cuidada, sí.

AUGUSTA.- Si tienes una animal debes hacerte responsable de él totalmente.

RAFAELA.- ¿Meto la navaja y hago palanca entonces?

AUGUSTA.- ¿Qué? ¡No! Está usted loca. Un momento, un momento, que no hemos agotado todas las posibilidades.

RAFAELA.- Tranquila, será más fácil de lo que cree. Un suspiro. Contenga la respiración un instante y luego espire.

AUGUSTA.- ¡Aaaaaaahhhhhhh! ¡Me ha cortado la mano! Estoy sangrando. ¡Llame al 112!

RAFAELA.- No exagere mujer. Son solo dos dedos. Los metacarpios anteriores. El resto está intacto. Tire, tire, a ver si me desengancho yo también.

AUGUSTA.- ¡SOCORRO, SOCORRO! ¡Es usted una demente!

RAFAELA.- La que tiene una tarántula por mascota no soy yo.

AUGUSTA.- A Micaela no la meta en sus tejemanejes sanguinolentos.

RAFAELA.- La que se medica no soy yo.

AUGUSTA.- Los necesito. Artrosis.

RAFAELA.- Ya se nota, es usted un garrote.

AUGUSTA.- ¡Aaaaaahhhh!

RAFAELA.- La navaja es suya.

AUGUSTA.- Y los dedos. ¡SOCORRO, SOCORRO, ESTÁ LOCA! ¡Deme ahora mismo la navaja!

(Forcejean. De pronto se sueltan entre ellas y del cajero. El cajero devuelve la tarjeta a Rafaela y los sesenta euros.)

RAFAELA.- ¡Ah, qué bien! Podré ir al super. Ya pensé que tendría que recurrir a mi vecina otra vez.

AUGUSTA.- ¡Al super, al super! Va usted a ir de urgencias conmigo.

(AUGUSTA le pega un navajazo en la mano a RAFAELA y le hace un corte profundo. Mareada por la visión de la sangre, RAFAELA cae al suelo.)

RAFAELA.- ¡SOCORRO, SOCORRO, AYÚDENME! ¡ESTÁ LOCA! ¡ME QUIERE MATAR! ¡SE MEDICA Y CAZA MOSCAS PARA SU TARÁNTULA! ¡AYUDA, POR FAVOR, AYUDA!

AUGUSTA.- Los cajeros suelen estar insonorizados. ¿No se había dado usted cuenta? A mí los dedos no me duelen. Voy demasiado medicada como para sentir su ausencia. Marque el 112 ahora mismo.

(RAFAELA obedece. AUGUSTA se toma unas cuantas pastillas de golpe y le ofrece el frasco a RAFAELA que lo rechaza.)

RAFAELA.- ¡Una ambulancia a la calle Delirio con Desencuentro, por favor! ¡Estamos sangrando! ¡Otro incidente con un cajero automático carnívoro! Sí, sí, ha querido devorarnos a pleno día. ¡Corran, corran, nos desangramos! Una señora loca y yo. ¿Qué hace con Micaela? 

(Oscuro final.)


Barcelona, 20 de agosto – 7 de septiembre de 2018. 
Laura Freijo Justo Cristina Serrat Sánchez.

Parapente teatral a cuatro manos ambidiestras.

jueves, 23 de agosto de 2018

Donde hibernan los pájaros amarillos



(Pieza breve para sordos de corazón y mudos de conciencia.)

HERMES.- Ha sido mudarme a esta casa y venir estas heladas infernales. En mi país... Cómo echo de menos mi país... Qué largo es el invierno... No en vano se parece a infierno...

PATRICIA.- ¿De qué país hablas? ¿Otra vez fabulando, Hermes?

HERMES.- ¡No, no! Mi isla existe... ¡Y queda tan lejos! 

(La mirada de HERMES entra en una especie de ensoñación.)

PATRICIA.- Cada vez que se va el agua te pones como pez cogido por anzuelo del tiempo. Anda y pon algo de música.

HERMES.- Cada vez que se va el agua coincide que el frío es un ejército partisano entrándome en los huesos. Y los pájaros han enmudecido...

PATRICIA.- Vale, pues ya la pongo yo. Te aguantas si pongo Radio Futura otra vez. ¿Qué tal la Escuela de Calor? Es para ver si te sube la temperatura. (Pone el tocadiscos.)¿Bailamos?

HERMES.- No sé bailar, ya te lo he dicho más de una vez. ¿O no? Allá de donde vengo solo hay una música tan parecida a la nostalgia que no nos deja movernos... Solo murmurar. Y no es por molestar, pero prefiero a Alaska. Aunque te parecerá paradójico, claro, Alaska.

PATRICIA.- Déjame que te cuente una historia. No me mires así. Siempre la olvidas, así que tengo que refrescarte la memoria con algo más que agua. ¿Adónde vas?

HERMES.- No voy, solo me muevo como los barcos. Los que somos de puerto tenemos el alma de paquebote. Casi no te escucho porque el frío me obstruye los sentidos. Recordaba que una profesora mía decía que el calor existe, es un fenómeno físico. Pero el frío no. El frío es ausencia de calor...

PATRICIA.- Todo sucedió en una habitación oscura. Tenías una venda en los ojos y la humedad goteaba del techo.

HERMES.- Esta historia te la conté yo. La contaba mi abuela, cuando aún no había perdido la razón.

PATRICIA.- Quizás la habitación estaba en silencio pero los pájaros no, los pájaros siempre estaban trinando.

HERMES.- Los pájaros tienen por oficio trinar. Menos aquí. Con este frío, sin agua...

PATRICIA.- Entonces aquel susurrador de orejas te desataba las manos y te ponía un pajarillo en medio de las piernas y te decía aprieta.

HERMES.- ¿Cómo estrangular un pajarillo, un alma leve y más aún si es amarillo? No podía.

PATRICIA.- Intentaste negarte pero entonces te lo ponía en las manos y el pájaro hambriento te las picoteaba, ¿lo recuerdas? Y todo el rato el techo goteando.

HERMES.- Tú tenías un pájaro amarillo... ¿Qué era? ¿Un canario? ¿O no era un pájaro? ¿Un gato tal vez? Aunque nunca he visto gatos amarillos.

PATRICIA.- (Gritando) ¡Mira, detrás tuyo!

(Risas de PATRICIA.)

HERMES.- ¡Ya me conozco la broma! Me recuerdas a mi abuela. Me pregunto si todavía estará viva... En la isla... (Silencio.) Diría que no: no se puede sobrevivir a los techos permanentemente goteantes...

PATRICIA.- Pero sobreviviste a los pájaros amarillos... yo nunca he tenido un pájaro amarillo. Además, aquí los techos nunca gotean.

(PATRICIA vuelve a gritar, esta vez de pánico.)

HERMES.- Los pájaros amarillos, digan lo que digan, tampoco son los mejores.

(HERMES se acerca a PATRICIA y hace ademán de acariciarle el pelo, pero se detiene antes de rematar el gesto.)

PATRICIA: ¡NO LA VES! ¡ES ESA MUJER OTRA VEZ! ¡SÁCALA DE AQUÍ! ¡DILE QUE SE VAYA Y SE LLEVE A SU GATO AMARILLO! ¡Es ella, es ella! 

(PATRICIA se arrodilla en el suelo y se pone en posición de rezo, escondiendo la cara en su regazo.)

HERMES.- (Con rostro desolado.) No la puedo sacar. No se puede expulsar a los seres alados. ¿Nunca tuviste una abuela que te lo explicara?

PATRICIA.- Abre el grifo, a ver si ha vuelto.

HERMES.- Mi abuela decía que los seres alados están aquí para protegernos de las inclemencias del destino... Debemos dejarla hacer. Como si fuera una araña. ¡Cerremos las puertas y las ventanas!

PATRICIA.- ¿Cerrar? ¿Quieres que nos quedemos aquí con esos seres extraños? Quizás es tu abuela muerta que viene de la habitación de las goteras a traerte los últimos pajarillos amarillos. ¡Ahhhhh, ahí está otra vez!

(Silencio.)

HERMES.- Lo recuerdo perfectamente. Era muy joven, casi un crío, pero nunca se olvida el sonido de un goteo antes de estrangular a un pajarillo amarillo. La habitación siempre oscura. La ventana cerrada. Alguien entra cuando la sed es insoportable y pone un trapo húmedo en la boca. No hay agua. Como ahora. El agua solo es el goteo constante del techo. Alguien susurra en mis orejas. Para salir de aquí hay que obedecer. Solo se aprende a obedecer obedeciendo. ¿Cómo se aprende a obedecer? Obedeciendo. ¿Cómo? Obedeciendo. Entonces acerca el pajarillo a mi mejilla y permite que me pique una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Pone su mano ocupada por el pajarillo sobre la heridita que me acaba de hacer y aprieta. Ahora entre las piernas el pajarillo hallará la paz. ¿Comprendes? Cierra las piernas cuando yo te diga. Las gotas siguen cayendo con el ritmo impenitente de lo que es inexorable. Hay un charco grande en el suelo. El susurrador pone su mano ocupada por el pajarillo entre mis piernas y me dice ¡aprieta! Pero yo no me muevo. ¡Aprieta! Muy bien, pues lo harás como siempre, con tus propias manos. Entonces me permite tocar al pajarillo. Lo acaricio y sé que es el pajarillo o yo. Con un gesto impasible le arranco la cabeza. Tiro el pajarillo al charco. El susurrador aplaude y me quita la venda. Ahora puedes volver a subir. Crecí siendo un asesino de pajarillos amarillos. En la isla a todos los niños les enseñan a matar pájaros amarillos. Quien no es capaz de matar a un pájaro amarillo no es capaz de sobrevivir. Luego durante un tiempo fui susurrador. Pero ser susurrador es más difícil que ser niño que mata pájaros amarillos. Si el niño no obedece hay que enseñarlo a obedecer y eso... Me escapé, me tuve que escapar... ¡Por qué has tenido que recordarme esa horrible historia!

PATRICIA.- Cada vez que se va el agua, vuelven. No lo soporto.

HERMES.- Siempre están aquí. Trinando y trinando. El otro día el niño de la vecina de enfrente estaba absorto mirando los pajarillos. Le dije si quería uno. A veces me sale mi oficio de susurrador. Querría ver cómo actúa un niño de aquí, poco acostumbrado a obedecer, que ni siquiera sabe lo que es un pájaro. Y mucho menos un pájaro amarillo...

PATRICIA.- No sé qué hacer para que vivas aquí y olvides el pasado.

HERMES.- ¿Y si dejaras de recordármelo?

PATRICIA.- A veces te lo recuerdo por los rumores. Rumores de los habitantes de tu isla. Dicen que quieren invadir el continente.

HERMES.- Buscan más pajarillos. Pero no podrán.

PATRICIA.- Olvidémoslo todo. Por favor. Te prometo que nunca más hablaré de tu abuela. Ni de los pajarillos amarillos. ¿Puedes perdonarme? La falta de agua me enloquece. También a mí me afecta el frío. ¿Oyes ese ruido? Son las cañerías suplicando agua.

HERMES.- No puedo vivir aquí, aunque haga tantos años que viva aquí... ¿cuántos son? ¿Quince, veinte? No puedo vivir en ninguna parte. No estoy dotado para vivir. Tampoco para sobrevivir. Solo puedo sobrevivir (Mira por la ventana, de la que cuelgan unos carámbanos de hielo). Ahí está el dichoso niño otra vez. Me entran ganas de susurrarle... ¿Será que su madre no le reclama? Ahora las madres ya no llaman a los niños para comer, para cenar... Ahora los niños miran y miran. Se quedará ciego de tanto mirar. A los pájaros no les gusta que se les mire así. Como se despiste le van a picar en los ojos. (Pausa.) ¿Dónde vivir? Sueño con la isla. Quizás nunca he salido de allí.

PATRICIA.- En el presente. Aquí. Ahora. Siempre aquí, en casa. Conmigo. Hermes, quédate.

HERMES.- Sí. Pero anulando el pasado, sorteando el futuro. Hemos matado al tiempo aquí.

PATRICIA.- Es la isla. Pero puedes abandonarla. Todavía puedes.

HERMES.- En las islas no matamos al tiempo. Ajusticiamos almas.

PATRICIA.- Sus malditas costumbres. Odio la isla.

HERMES.- Pssssshhhhh... Los susurradores tienen un oído muy fino. Sobre todo con las voces de las mujeres. (Silencio.) Quizás si nos fuéramos también de aquí... pero, ¿acaso tú eres tan diferente?

PATRICIA.- Pero aquí estás a salvo.

HERMES.- No. No estoy a salvo. Nada me salva de mí. Ni de ti. Ni de nosotros. Ni de ese niño de mirada fija, siempre llamando a los pajaritos “pío, pío”, como si no hubiera juegos en el mundo para él... como si toda esa tecnología que mata al tiempo y a los pájaros le fuera ajena...

PATRICIA.- Abre el grifo, por favor.

HERMES.- (Se acerca con desgana al grifo) No ha vuelto... ¿Ya no vas a poner música?

PATRICIA.- Necesito una ducha.

HERMES.- Podemos ir al mar. Aunque quede lejos. Y haga frío...

PATRICIA.- Será mejor un baño caliente.

HERMES.- En el mar está la vida. Y nosotros estamos muertos.

PATRICIA.- No me digas eso.

HERMES.- Hace tiempo que lo estamos. Tómame el pulso (Le extiende el brazo; como Patricia no reacciona, se toma el pulso él) Es verdad. Nadie nos ha extendido un certificado de defunción, pero estamos muertos. Somos muertos que hablan y piensan, pero muertos. Imagino que es una categoría...¡Shhhhhhhh! ¡Escucha! Esa canción la cantaba mi abuela...

PATRICIA.- ¿Cómo?

HERMES.- Sí... (Canturrea)... Los pájaros de antaño ya no son castaños, son amarillos como el sol, ese es su color, ese es su color, amarillos para los niños son los pajarillos, amarillos son, amarillos como el sol...

PATRICIA.- Tu abuela seguro que está muerta. Deja de pensar en eso.

HERMES.- No sé si mi abuela está muerta. Nadie me ha escrito para contármelo. Si está viva tiene ciento veinte años. O quizá más. Se comía los pájaros amarillos crudos. Con alitas, con patitas, con todo. Y se reía... Y luego canturreaba.

PATRICIA.- No vas a volver nunca.

HERMES.- No. No volveré. He olvidado el camino de regreso. Los únicos caminos posibles son los de ida. Los de regreso los borra el tiempo...

PATRICIA.- Hace rato que el disco se acabó. Pon otro.

HERMES.- Pues entonces bailemos el silencio. (Se pone en pie, cierra los ojos, amaga con un balanceo suave). ¿Bailamos? 

PATRICIA.- Bailar es moverse al ritmo. Da igual si es simétrico el movimiento o no. Bailemos, sí.

(Realizan elipsis por el espacio. Se mueven asimétricamente. No se tocan.)

HERMES.- Sin simetría no hay perfección. Aunque... ¿importa eso?

PATRICIA.- Deja que lo hagan otros. Olvídate. Olvídate. Ya no importa.

HERMES.- (Suena un timbrazo) ¿Esperas a alguien? 

PATRICIA.- Deja que sean otros.

HERMES.- Es demasiado tarde... ¿Esperamos a alguien?

PATRICIA.- Mira el grifo. ¿Sale agua? (Pausa.) Voy a abrir.

(PATRICIA sale a abrir.)

HERMES.- Odio las visitas. Los susurradores llegaban siempre como una visita.

PATRICIA en OFF.- No hay nadie. 

HERMES.- Sí, al principio abrías la puerta y no había nadie. Así empezaba la enseñanza.

PATRICIA.- (Entrando.) Debe ser el niño de enfrente. Lo ha hecho más veces. Hablaré con su madre.

HERMES.- (Se acerca de nuevo al grifo) El agua, cuando llega al grifo, ha perdido su pureza, ha recogido todos los restos de espumas negras, los sabores de los cadáveres, la suciedad de lo que se pudre, las partículas de lo que ya no sirve, el aroma que se detesta...

PATRICIA.- Eso no lo digas ni en broma. El agua aquí es limpia.

HERMES.- Mi abuela lo contaba. Si quieres estar limpio, no te bastará con agua. Supongo que hablaba de los limpios de corazón. Nunca se lo pregunté. No sé qué diría tu abuela... ¿Tuviste abuelas...? A veces no lo parece, Patricia. Parece que hubieras nacido sin abuelas.

PATRICIA.- Claro que he tenido abuelas. 

HERMES.- Pues no me la has presentado. El niño de enfrente quizá tiene una abuela en lugar de una madre. Las abuelas son las que llaman. Los niños que llamaban a sus abuelas antes que a sus madres eran los que habían matado más pájaros amarillos.

PATRICIA.- Pero aquí a los niños les enseñamos amor.

HERMES.- No es amor. Que tengas ganas de que te abracen no es amor. Que abraces con intensidad tampoco. A lo mejor son fórmulas para fingir que no hay miedo. ¿Tú sabes qué es el amor?

PATRICIA.- Vuelve a abrir el grifo. Tiene que estar a punto de volver. No pueden cortar el agua todo el día.

HERMES.- El amor no tiene sótanos.

PATRICIA.- No sé cómo puedes echar de menos la isla.

HERMES.- Mi isla la tengo aquí, mira (Extiende la palma de la mano). ¿La ves? En estas dos líneas entre el índice y el corazón, que primero se tocan, y luego se bifurcan, y una va hacia el pulgar y la otra va a desembocar al meñique, como dos ríos gemelos que luego se disputan una herencia y no se vuelven a hablar... La otra isla no es mi destino. (Pausa.) ¿No oyes el timbre otra vez?

PATRICIA.- Algún día todo cambiará en la isla.

HERMES.- Quizás ahora sí es el niño de la vecina. Está intrigado con los pájaros (Se asoma a la ventana). El niño ya no está ahí. Si su abuela no lo llamó para comer, quizás haya decidido hacernos una visita. Quiere aprender a acariciar plumas sin saber que hay que poner al pajarillo entre las piernas y apretar... Voy a ver...

PATRICIA.- El amor fuimos nosotros un día.

(HERMES saliendo.)

HERMES en OFF.- No hay nadie. Qué raro...

PATRICIA.- Es que no esperamos a nadie.

HERMES.- Quizás el niño está jugando. A veces aquí los niños todavía juegan. Es sorprendente, pero los he visto.

PATRICIA.- Cierra bien la puerta, no he oído el golpe.

HERMES en OFF.- (Se oye el golpe de la puerta.) Ya está. Cerrada y bien cerrada. (Entrando.) ¿Tú crees que debería contarle la historia de los pájaros amarillos a ese niño? Con las historias también se aprende. Quizás sea suficiente para que aprenda a obedecer.

PATRICIA.- Dicen que ya no quedan pájaros amarillos. Mejor.

HERMES.- Los pajarillos amarillos se reproducen solos, son hermafroditas. No pueden extinguirse... Al menos no en la isla. Además, pueden mutar. Son avispados. Y crecen cuando se ven amenazados. Y se desdoblan, si se han de organizar contra un enemigo fiero... No es fácil acabar con ellos... Han aprendido a sobrevivir en las condiciones más hostiles.

PATRICIA.- Puede que sí, puede que ya hayan empezado a reproducirse con otros colores. Cuando se trata de sobrevivir las especies son capaces de todo. Pero aquí ya no hay pájaros amarillos.

HERMES.- Fíjate lo que me ha salido en la mano. Una línea roja. Es el camino de regreso a la isla, lo sé. Les ha pasado a otros. ¿Vendrías conmigo?

PATRICIA.- ¡Pero ahora ya todo está lejos, HERMES!

HERMES.- Lejos y cerca... Es lo mismo... Los caminos van por dentro.

PATRICIA.- Claro, se tiene morriña de la tierra, pero... ¡Pero la isla no es tierra, es infierno!

HERMES.- No es solo eso. Es la ceguera y la sordera. Es no saber si los míos están vivos o muertos. Es no saber si yo mismo tengo vida... Si alguien me recuerda. 

PATRICIA.- Menos mal que desde aquí ya no salen barcos para la isla. Ojalá el océano se la tragara, Hermes. Todo sería más fácil.

HERMES.- (Mirando a Patricia con sorpresa) A veces creo que solo hablas por hablar, por no callar, para que no se oigan los pájaros...

PATRICIA.- Me voy a dar el baño.

HERMES.- No podrás. No hay agua. Solo nieve (contempla por la ventana un día invernal). ¿Te darías un baño de nieve?

PATRICIA.- Mejor pon ALASKA mañana, ahora estaría mejor algo de música clásica.

HERMES.- La música que mejor suena es la que no se oye.

PATRICIA.- No pienso bajar al sótano. Aquella fue la última vez.

HERMES.- (Tras una pausa, con extrañeza) No tienes obligación. Ya te dije mil veces lo que pienso desde que nuestro hijo...

PATRICIA.- A veces te veo ahí. Y a él... ¿Por qué?

HERMES.- El amor es lo que teníamos con Valentín.

PATRICIA.- Nunca debiste regalarle un pájaro amarillo.

HERMES.- Dijiste que me habías perdonado.

PATRICIA.- Y te he perdonado.

HERMES.- ¿Me amas?

PATRICIA.- Lo que siento por ti no tiene sótanos, si es eso lo que preguntas.

HERMES.- Lo echo mucho de menos. Ese niño me lo recuerda constantemente.

PATRICIA.- Abre el grifo. Y calla de una vez. 

(Silencio.)

HERMES.- El niño de la vecina vuelve a estar en la ventana. Hoy está triste.

(Silencio.)

PATRICIA.- Te dije que no debíamos comprar una casa con sótano.

HERMES.- Tapiaré la entrada. Lo prometo. En cuanto mejore el tiempo.

PATRICIA.- Quizás nunca hayas salido de la isla.

(Pausa.)

HERMES.- El susurrador venía y me decía hazlo. Y yo no quería. Tampoco podía. Pero lo hacía. Como si fuera otro. Lo hacía.

PATRICIA.- Puede que los seres alados sean protectores. Pero siempre que aparecen me asustan.

HERMES.- Los dos somos cobardes... Sé de un puerto desde donde salen barcos a la isla. 

PATRICIA.- Ah, el agua, el agua, ha vuelto...

HERMES.- Estará helada...

PATRICIA.- Espero que las cañerías aguanten con el frío.

HERMES.- ¿Oyes ese goteo del techo?

PATRICIA.- De acuerdo. Pero volverás tú solo. Me quedo aquí. Si no puedes vivir fuera de la isla, mejor que regreses.

HERMES.- Sin ti no iré. 

PATRICIA.- Llenaré la bañera con agua caliente.

(PATRICIA cierra el grifo. Se acerca a HERMES y le da un beso en la mejilla.)

HERMES.- Perdóname. Cuando la isla aparece, la abuela regresa con el sótano y las goteras y yo... yo pierdo el horizonte y escucho el sonido de los cuellos de los pajarillos amarillos quebrándose y todo es... Patricia, ¿puedo bañarme contigo? 

PATRICIA.- Te he mentido, Hermes. Una vez tuve un gato amarillo. Fue en sueños. Pero era real. Tan real como ahora. Quizás era anaranjado pero tirando a amarillo. Pero tuve que regalarlo, siempre me daban ganas de asfixiarlo, en sueños. Cada vez que lo intentaba empezaba a caer agua del techo. Y el gato se revolvía y me arañaba. Y yo me quedaba allí, sangrando, en aquel sótano oscuro y húmedo, y gritaba pidiendo ayuda. Y tú no aparecías, Hermes. Y yo gritaba hasta que no me quedaba voz, hasta que solo lloraba, y al final eran lágrimas de sangre que resbalaban en silencio por mis mejillas y se mezclaban con la lluvia que caía desde el techo. Entonces miraba hacia arriba y me daba cuenta de que el techo estaba agrietado y me preguntaba cuánto tiempo hacía que nuestros abrazos se habían agrietado, que nuestras palabras se habían agrietado. ¿Por qué has mencionado a nuestro hijo?  ¿Por qué has tenido que decir su nombre? Todavía veo su cabeza flotar en el agua... y el agua que la va cubriendo. Roja. Y tú sigues sin aparecer, concentrado en los pájaros, en tu isla, en tu maldita nostalgia amarilla...

HERMES.- No tenías por qué contármelo, querida. (Pausa.) Fue un accidente. (Pausa.) Un día las pesadillas se irán. Yo ya no sueño.

(Descarga de agua. Se oye un goteo rápido y constante.)

PATRICIA.- (Susurrando.) ¿Has visto las alas que me han salido?

HERMES.- ¿Patricia? ¡Vuelve! ¿Qué has hecho con Patricia? ¿Quién eres tú?

PATRICIA.- Jamás podrás escapar de la isla. 

(PATRICIA sale de la estancia. Trinar de pájaros amarillos. HERMES pone música clásica. Mira por la ventana. Oscuro.)

Natalia Fernández Díaz-Cabal
Laura Freijo Justo

(*) Parapente teatral a cuatro manos ambidiestras.

sábado, 18 de agosto de 2018

Beomodur y el Árbol de la Fuente



1.

RASDA.- He venido para decirte que te vas a quedar.

BEOMODUR.- Pero estoy enfermo.

RASDA.- Sí, y aún debes sudar más.

BEOMODUR.- Lo peor son las pesadillas.

RASDA.- Lo peor siempre llega tras la fiebre.

BEOMODUR.- Tenía la esperanza de morir y reunirme con mis antepasados.

RASDA.- Aún es pronto.

BEOMODUR.- Abre un poco la ventana, por favor.

RASDA.- Si la abro, la enfermedad se irá antes de tiempo y aún debes comprender.

BEOMODUR.- ¿Estoy enfermo para qué? ¡Dímelo! Es insoportable. Y lo peor es que nadie me visita. Temen el contagio.

RASDA.- Es solo el principio. Algunos morirán, pero tú no.

BEOMODUR.- ¿Yo no? ¿El primero no? Me odiarán.

RASDA.- Te quedarán marcas pero las marcas son a la piel lo que las cicatrices al alma.

BEOMODUR.- Quiero irme.

RASDA.- Cuando sanes debes caminar hasta el Árbol de la Fuente.

BEOMODUR.- Pero ese árbol no existe, solo es una leyenda que cuentan las abuelas.

RASDA.- Justo al lado del tronco encontrarás una palabra que te acompañará mientras vivas, como si fuera tu sombra.

BEOMODUR.- Es terrible, ¿verdad? Eso es lo que hace esta enfermedad. Te arranca la sombra. Y sin sombra, enfermas.

RASDA.- Tu sombra escapó pero volverá. A otros su sombra los matará. Estás bien aquí. Las calles pronto empezarán a llenarse de cadáveres.

BEOMODUR.- ¿Y mi mujer? ¿Y mis hijas?

RASDA.- Vienen cuando duermes y te dan de comer, pero no pueden mirarte a los ojos. Se contagiarían y perderían sus sombras. No te preocupes, ellas ahora están protegidas. Las sombras no van contra la vida. Van contra la muerte.

BEOMODUR.- El mundo es un lugar oscuro. ¡Déjame salir!

RASDA.- Debes quedarte.

2.

(BEOMODUR al lado del Árbol de la Fuente.)

BEOMODUR.- Sombra, ahora que has regresado a mí y la enfermedad ha desaparecido, ¿qué puedo hacer? La mitad del mundo ha muerto.

SOMBRA.- Abrázame.

(BEOMODUR abraza a su SOMBRA.)

BEOMODUR.- ¿Cuál es la palabra, oh, Árbol de la Fuente, que me tienes preparada?

SOMBRA.- El Árbol de la Fuente dice que bebas agua.

(BEOMODUR bebe agua.)

BEOMODUR.- La serpiente de los colores arcoiris se apoderó del mundo siete días y siete noches y a la octava dispersó su veneno sobre la tierra, así fue cómo las gentes empezaron a perder sus sombras y con ellas el cobijo de la oscuridad.

SOMBRA.- La palabra que te ha sido dada, dice el Árbol de la Fuente, es oscuridad.

BEOMODUR.- ¿Qué haré con esta palabra?

SOMBRA.- En los días de luz cegadora tú y los tuyos extenderéis un manto de oscuridad y protegeréis de todo mal la esencia de la vida.

BEOMODUR.- Pregúntale ¿por qué solo mi familia y yo conservamos las sombras originales?

SOMBRA.- Eso tendrás que aceptarlo. Vienes de un lugar lejano y has traído el mensaje. Son otros los que deben leerlo. Y ahora regresemos.

BEOMODUR.- No volveré sin una explicación.

SOMBRA.- Está bien. Dice el Árbol de la Fuente que ha hecho falta renovar las sombras de los supervivientes porque sus almas contaminadas no las habían preservado.

BEOMODUR.- ¿Por qué eres tan importante, Sombra?

SOMBRA.- Sin mí, no hay refugio. Y sin refugio, no hay descanso. Y sin descanso, no hay traspaso.

BEOMODUR.- ¿Qué ha sido de la serpiente de los colores arcoiris?

SOMBRA.- Hizo su trabajo y ha vuelto al inframundo.

BEOMODUR.- ¿Qué mensaje albergo?

SOMBRA.- Tu vida es el mensaje, Beomodur. Vive.

(El agua del Árbol de la Fuente cae más intensamente sobre la ladera de la montaña.)


3.

RASDA.- Se cuenta que los nuevos ríos y las nuevas montañas acogedoras de los ceremoniales sagrados cobijaron los primeros días a la familia de Beomodur en el nuevo mundo. Por su casa pasaban todo tipo de gentes que venían a ver al primer enfermo. Él contaba la historia de cómo yo, ángel del túnel armístico, me aparecí en su habitación y le comuniqué que debía ir al Árbol de la Fuente. Todos proseguían camino esperanzados por encontrar el Árbol de la Fuente. Antes de morir, Beomodur, rodeado de sus hijas, de sus yernos, de sus nietos, de sus nietas, de sus bisnietas, de sus bisnietos, cobijado por el refugio de su vieja sombra, dijo...

BEOMODUR.- Puede que duremos siempre y ahí anida la belleza y el sentido del mundo. Puede que seamos motas iluminadas en la noche, polvo lunar en el infinito universo, pero dejadme que os diga que todo lo que transitamos en este lugar forma parte de una cadena invisible cuya identidad última se refleja en la conciencia de nuestra sombra. Ah, Sombra mía, cuánto te debo, cuánto te agradezco. Descendientes míos, queridos y queridas todas, ahora que está próxima la muerte, la veo a ella, mi Sombra, y me conmuevo por su persistente compañía que desde que volvió nunca me ha abandonado. Nos iremos juntos de este mundo, vacíos de significado y llenos de olvido como vinimos y seréis vosotros, vosotras las que guardaréis la estela de lo que he sido. Al final lo importante es dejar el último aliento flotando como un legado de sinceridad efímera. Y en verdad os digo, esposa, hijas mías, que con vosotras y con mi Sombra he conocido los días de dicha. Recordad que la muerte es un tránsito más. Y ahora, Sombra, vámonos, es la hora.

(BEOMODUR expira.)

RASDA.- En las inclementes noches en que la ventana del tiempo se abre y asoma la lengua de la serpiente de los colores arcoiris para arrebatar con ira las sombras de hombres y mujeres dejándoles desprovistos del manto sagrado, el espíritu de Beomodur se aparece para enfermarlos con la fiebre del Árbol de la Fuente. Provistos de la fuerza que les insufla, todos peregrinan hasta beber el agua que les ha de devolver su sombra. Todos menos los que se niegan a atravesar la oscuridad de Beomodur.


(*) Acuarela El Árbol de la Fuente, Gertrudis Losada Alva.









martes, 14 de agosto de 2018

8 de noviembre de 1989



(Clase de geografía. Niños y niñas. Pizarra y pupitres. Años 80.)

PAULINA.- Pues mi papá me dijo que los niños venían de París.

ROSALINDA.- Señorita, ¿qué es París?

SEÑORITA.- Una ciudad.

PAULINA.- La capital de Francia. Debe estar llena de bebés.

ROSALINDA.- Mi papá no está nunca en casa. Yo las cosas se las pregunto a mamá.

PAULINA.- ¿Usted ha estado en París, señorita?

SEÑORITA.- Pasé con el tren camino de Italia una vez.

PAULINA.- ¿Y vio bebés?

SEÑORITA.- Bueno pasé, no pude fijarme.

PAULINA.- Igual lloraban buscando a su mamá. ¿Los escuchó?

SEÑORITA.- Debí pasar dormida.

ROSALINDA.- Pues mi mamá dice que yo salí de dentro de ella y le dolió una barbaridad.

PAULINA.- Pues no me lo creo.

ROSALINDA.- Y dice que cuando me vio llorar, en ese momento, se sintió mujer.

PAULINA.- Eso es que abandonaste París y lo echabas de menos.

SEÑORITA.- Me quedé dormida a la altura de la frontera. Cerca de los Alpes. ¿Sabéis que son los Alpes?

PAULINA Y ROSALINDA.- ¿Qué son los Alpes?

SEÑORITA.- Montañas nevadas del Centro de Europa. Soñé con una fuente que cumplía deseos. Entraba en una casa repleta de telarañas...

PAULINA.- ¿Qué iba a hacer a Italia?

SEÑORITA.- Es personal. ¿Queréis que os cuente el sueño? ¿Sí o no?

ROSALINDA.- Sí, porfi, porfi...

PAULINA.-. La historia de mi papá y los bebés es más chula.

ROSALINDA.- ¿Puede seguir con el sueño?

SEÑORITA.- Atrapada en la telaraña estaba una mosca que hablaba con la voz de una anciana.

PAULINA.- ¿Era tu abuela, señorita?

ROSALINDA.- ¡Mirad!

PAULINA.- ¿Qué pasa?

ROSALINDA.- La ventana.

SEÑORITA.- ¿Qué pasa?

ROSALINDA.- ¡Una ola gigante!

SEÑORITA.- ¡Niñas, todas fuera!

PAULINA.- ¡Nos vamos a ahogar!

ROSALINDA.- Tú no sabes nadar, claro, como eres una niña de París, pero yo nadaba en la barriaga de mi madre y no me ahogaré.

SEÑORITA.- ¡Vamos fuera!

(De pronto todo vuelve a la normalidad.)

PAULINA.- Lo ha vuelto a hacer.

SEÑORITA.- Rosalinda, que seas una niña natural no te da derecho a que utilices tus poderes telequinésicos. ¡Deja el mar en paz!

ROSALINDA.- Los bebés vienen de las mamás, Paulina, dile a tu papá que deje de liarte.

PAULINA.- Cada una viene de donde quiere.

ROSALINDA.- ¿Puedes acabar el sueño? ¿Qué te dijo la anciana?

PAULINA.- ¿Qué dijo?

SEÑORITA.- Dijo que para que el destino se cumpliera debía llegar a ser ella.

ROSALINDA.- Entonces, ¿eres una abuela disfrazada de señorita?

SEÑORITA.- En ese viaje conocí a un brujo italiano que lee las líneas de la mano.

ROSALINDA.- Te van a echar.

PAULINA.- Esto es más divertido que la orografía de la Península.

SEÑORITA.- ¡Despertad!

ROSALINDA.- ¿Qué pasa?

PAULINA.- ¡Todos los bebés están llorando en una enorme tela de araña! ¡Señorita, Señorita, dígale que pare! ¡Rosalinda, para por favor!

ROSALINDA.- Si yo no hago nada. Eres tú que no sabes lo que es una placenta.

SEÑORITA.- París es la capital de Francia. Roma la capital de Italia, Berlín todavía no es la capital de Alemania porque el muro cae mañana.

ROSALINDA.- Lo voy a tirar yo. ¡Muro abajo!

PAULINA.- ¿Qué día es hoy?

ROSALINDA.- 8 de noviembre de 1989.

PAULINA.- ¿Por qué los niños no vienen de Berlín? Se lo voy a preguntar a papá.

ROSALINDA.- Porque los comunistas los fabrican en la estepa, no te fastidia.

SEÑORITA.- ¡He dicho que despertéis!

ROSALINDA.- Ya verás, ya verás. Señorita, tiene la vejiga hinchada y va a explotar.

(La SEÑORITA sale pitando de la clase.)

PAULINA.- Qué mala eres.

(SEÑORITA entrando en el lavabo. Mirándose al espejo y no pudiendo contenerse, se mea encima.)

SEÑORITA.- (Grita al espejo.)¡Tú no! ¿Por qué me persigues? Déjame en paz. Debo olvidar los Alpes pero no puedo, dame algo en lo que tener esperanza, por favor.

(El espejo con su imagen distorsionada habla con voz de anciana.)

ESPEJO.- Aunque creas que se puede despertar, siempre se está dentro, querida.


(*) Escena escrita en el 'no taller' Geografías contaminantes celebrado el día 3 de agosto de 2018.

(**) Dibujo de Gertrudis Losada Alva.