THE LESBIAN SISTERS

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Fotos de Eugenia Gusmerini

jueves, 15 de abril de 2010

'Le dieu du carnage', de Yasmina Reza


Me declaro admiradora de la dramaturga Yasmina Reza. Anoche Isis y yo nos fuimos al Goya a ver ‘Un Déu salvatge’ con Ramon Madaula, Roser Camí, Jordi Boixaderas y Vicenta Ndongo; dirigida, como en su versión en castellano, por Tamzin Townsend. Por cierto, que me quedé con las ganas de ver en acción a Maribel Verdú y a Aitana Sánchez Gijón en el Tívoli, donde llenaron noche tras noche las tres o cuatro semanas que estuvieron programadas con ‘Un Dios salvaje’. Por razones bien diferentes -piénsese bien, por favor- también siento una admiración notable por la Verdú y la Sánchez Gijón. Bastará con decir que mi primer beso onírico a una mujer se lo di a Aitana Sánchez Gijón una noche de verano después de una proyección de cine de verano de ‘La ley de la frontera’ de Aristarain, desde entonces es mi super amor platónico con una sola crisis, y fue porque me encapriché de otra actriz transitoriamente, nada importante, aunque pronto me di cuenta que mi amor platónico verdadero seguía siendo Aitana, esa mujer cuya inteligencia es superior a su talento interpretativo pero cuyo atractivo sigue ganando enteros a medida que pasa el tiempo. Pero yo he venido a hablar de ‘Un Déu salvatge’ ('Un Dios salvaje’) y de Yasmina Reza, actriz, dramaturga y novelista francesa de ascendencia judio-rusa-húngara-iraní (una mezcla curiosa) cuyos textos siempre me parecen, cuando menos, ingeniosos mecanimos de relojería. La sutilidad y la construcción de los caracteres de los personajes son su fuerte.
La historia, como casi todas sus historias, sucede alrededor de una pequeña anécdota que acaba convirtiéndose en una cuestión moral que destapa las grietas de la sociedad burguesa acomodada europea. En este caso, dos parejas se han reunido en casa de una de ellas para tratar de llegar a un acuerdo sobre la agresión del hijo de unos, Ferran, al hijo de los otros, Bruno.
Alex es un hombre de negocios enganchado a un móvil, Verónica es una mujer concienciada de la escasez del tercer mundo y muy a favor del sentido último de la civilización dialogada que se ha conseguido en Europa, Miquel vende piezas de lampistería y ha dejado morir al hamster de su hija y Anna, o Tatanet, como la llama Àlex, parece no tener ni oficio ni beneficio más allá del odio visceral al móvil de su marido y el sentido de protección maternofilial que a partir de cierto momento se desvela como su motor.
No es una comedia en el sentido literal del término, pero hace reír. Sobre todo la catarsis final con un gesto del personaje de Àlex que no voy a desvelar porque es realmente tronchante, de aquellos trances que despiertan el ataque de risa. Nos preguntábamos Isis y yo si en la obra original esa acción estaría acotada, dudábamos que no fuera una aportación del actor porque Jordi Boixaderas tiene un clown soberbio y enorme dentro, pero al llegar a casa, miré mi versión en francés (no es que sepa francés, es que no está traducida ni al castellano ni al catalán y mira, me dio por ahí, la compré en francés; algo entiendo) y ahí estaba la indicación de la dramaturga francesa. Verdaderamente genial, eso es tener visión de la comedia y de la tragedia, de la tragedia mínima de nuestro tiempo y nuestro fragil espacio europeo, más mental que real.
El espacio escénico es sencillo, un sofá lila, dos plafones como de hierro ondulados de color marrón envejecido al fondo, una mesita con algunos libros de arte, dos jarrones con tulipanes blancos en ambas esquinas del escenario, bien visibles, en primera línea, y un mueblecito con unas botellas de coñac añejo y el teléfono fijo. La dirección de Tamzin Townsend integra perfectamente estos elementos así como no mueve gratuitamente a los personajes cosa que a mí, personalmente, suele molestarme bastante. Las alternancias en los equipos que se confrontan está muy bien descrito por cómo quedan agrupados los personajes en diferentes impases de la obra.
El teatro, ayer miércoles, presentaba tres cuartos de entrada y la gente aplaudió bien contenta. Cuando el público está satisfecho, se nota en el aplauso, pero no por su duración que no suele pasar de los tres saludos, sino por un estar imperceptible que denota el disfrute vivido minutos antes.
‘Jo crec en un Déu salvatge. És ell qui ens governa, sense solució de continuïtat, des de la nit del temps’ (‘Yo creo en un Dios salvaje. Es Él quien nos gobierna, sin solución de continuidad, desde la noche de los tiempos’), dice el personaje de Álex en un momento avanzado de la obra. Tal vez hayamos dejado de vivir en cavernas y en lugar de hacer pinturas rupestres pintemos la Cúpula de la Sala XX del Palacio de Naciones Unidas, pero dentro de todos nosotros convive nuestra Medea, nuestro hombre lobo, nuestro vampiro, nuestro Dios salvaje.
Curiosidad: en el título original, 'dieu' va en minúscula y en el programa de mano catalán, en mayúscula, no en el título, que es todo en mayúsculas y así evita la diferenciación sintomática, sino en el texto de Tamzin Townsend.

2 comentarios:

El Filantropo dijo...

Esta es mi 1era vez por aca y realmente es agradable leerte! saludos desde aca :)

Paula Mocinho dijo...

bienvenido filántropo, espero que repitas! gracias por comentar desde esos lares tan estupendos!